Late fuerte. ¿O no late? Late de latir: no estoy en Italia. Claro, no: sería
latte. ¿Sabés? Ahora nado espalda. Miro al techo, miro al cielo. El corazón me late fuerte y miro al cielo. Hay sol. Siempre hay sol. Aunque llores: hay. Y la meseta se me hizo montaña. De golpe. A los ponchazos. ¡Cuánto placer vivir! Y recuerdo mi viaje a Ushuaia, y que volar me da miedo, pero cuando despego, me emociono: estoy viva. Y todo es tan chiquito. De golpe. Y el cielo está tan cerca. Mar, tierra, cielo, aire, sol: todo ahí, a tu alrededor. Y Radiohead entrando desde mis oídos hacia el corazón. Que late. Y (otra vez de golpe) la monotonía –que no es monótona– desaparece y detrás de una montaña se asoma el fin del mundo... ¿O el principio?
Volar me da miedo pero cuando despego soy feliz. Con la vida me pasa lo mismo. Exactamente lo mismo. El miedo me hace sentir viva. Y del temor a la carcajada. Y del hoy a quién sabe dónde.
...
Laberinto. No, laberinto no. Es mucho más fácil. Si te subiste, vas a despegar. Sí, vas a despegar. Creo que ya despegaste cuando decidiste subir a pesar del miedo.
Cada vez que llego a la pileta, me tiro de cabeza. Debajo del agua me siento más liviana, veo todo azul y hay silencio. La paz. Cuánta paz.
No tiene final esta vez. Queda abierto.
(Tengo una varita mágica que me prestaron).
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