La oscuridad aparece cuando las preguntas se superponen. Sería bueno que de una vez y por todas pudiera dejar atrás la edad de los por qué. Aunque –pensándolo mejor– tal vez sea ese el secreto de la eterna juventud... de la eterna juventud mental, al menos.
Pero el cielo, las músicas y los placeres son mis únicas fórmulas conocidas para dejar de preguntarme. Ahí entiendo. O ya no me importa. Y me siento feliz.
Tal vez yo sea gris y esté dentro de una grieta, pero no me identifico con los bandos que luchan batallas ajenas. Quiero estar lejos de ese lugar donde se juzga al que no se conoce y se enarbolan banderas que –de tan patéticas– finalmente son ingenuas... (¿Ingenuas?). En verdad, no me interesan las batallas porque indefectiblemente implican enfrentamiento, muerte, sangre, dolor, un montón de gritos exacerbados y cegueras profundas, muy profundas.
Y vuelvo a subir después de bucear en el lodo. Y aparece otra vez un cielo amarillo. Y todo lo demás me importa poco, muy poco.
Me gusta mucho mirar el mar. Y el cielo. Y los ojos que dicen cosas. Y los labios que cantan suave. Y las manos que hacen.
Aunque esté triste, en algún lugar, siempre encuentro un poco de fe. La fe es verde, en general. O amarilla y muy luminosa como el cielo que se acaba de apagar.
(Ser feliz tendría que ser tan sencillo como masticarse una barrita de chocolate amargo.)

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